¿A qué le tienes miedo?

…¿Al fracaso, a equivocarte? Es muy probable que al leer el título del artículo expreses con seguridad que no temes a nada, sin embargo, ¿qué tan cierto es esto? Te invito a que me acompañes a reflexionar sobre esto y cómo, sin darnos cuenta, nos dejamos llevar por estándares comunes que esconden, muy arraigadamente, nuestros mayores temores como líderes, pero sobre todo como seres humanos.

¿Por qué no hablamos de los miedos?

El miedo es un tema que se queda en el cajón, no lo tocamos y mucho menos lo expresamos. Al mismo tiempo, no tenemos la capacidad de motivar a nuestro equipo a hablar de ello, a pesar de ser una emoción que siempre está presente con nosotros o con algún integrante de nuestro equipo. Como profesionistas, el miedo es una emoción que escondemos, pues consideramos que siempre tenemos que dar una cara de control y fortaleza, de que tenemos las respuestas y soluciones para todo, ocultando el miedo con la intención de que el equipo perciba a su líder como una persona que los sacará de apuros. No nos permitimos mostrar miedo, nos negamos a mostrar emociones que consideramos pueden afectar al equipo, pero lo más delicado de todo esto es que no hablamos de ello y simplemente está ahí, haciéndonos daño y jalándonos a un estado de status quo.

Expongo el caso de un directivo con el que tuve una sesión de trabajo. Él expresaba que tenía preocupación y nerviosismo, ya que su liderazgo estaba pasando por un momento complicado, su equipo no estaba respondiendo y su ejecución era poco productiva. Le pregunté si tenía miedo, tardó en contestar, pero aceptó que sí, tenía miedo y no se sentía capaz de poder cambiar el rumbo de su empresa. Me centré en hablar con él de cada uno de los puntos que sentía estaban mal; al paso de una hora de conversación su semblante cambió, se sentía aliviado, y por primera vez, después de mucho tiempo, pudo calmar el miedo que llevaba consumiéndolo por varios meses. Efectivamente, sus problemas eran reales, pero todos y cada uno de ellos tenía solución.

La sensación de miedo y nerviosismo que nublaban el juicio de este directivo se pudo haber evitado desde su origen, si tanto él, como su director general hubieran tenido la valentía y capacidad de reconocer que su miedo era un factor que estaba haciendo daño a la organización.

El miedo siempre está presente. Especialistas, como psicólogos y terapeutas con los que he hablado, consideran que siempre es bueno tener un poco de miedo, ya que esta sensación funciona como una alerta que te obliga a estar atento, a ser más observador y cuidadoso con tus decisiones y acciones. Todo empresario y alto ejecutivo se encuentra frente a frente ante miedos, dudas e interrogantes sobre lo que debe hacer; inclusive llega a enfrentarse al miedo de dudar de sí mismo, de su propia persona y juicio para tomar decisiones; miedo a realizar ciertas inversiones, miedo a equivocarse, miedo a no conocer el resultado de antemano, miedo a cambiar las formas en las que ha trabajado su empresa, a pesar de saber que lo actual no está funcionando y algo tiene que hacer.

Tú, director, en tu empresa, ¿llegas a tener conversaciones donde tú y el equipo expresen sus miedos y cómo atacarlos?

Hace ya un par de semanas me encontré con un libro que escribe un General de brigada de la Fuerza Aérea Americana; John Michel. Su libro se titula No more Mediocre Me. Hay un fragmento de éste en el que habla del miedo y sus efectos; creo que es un texto que amerita compartirlo contigo para que lo leas, reflexiones y te des cuenta si estás pasando por episodios como los que marca el autor y poder estar consciente de los mismos, con ello podrás hacer las mejoras que necesitas.

Aunque la mayoría de nosotros nos esforzamos por optimizar nuestras vidas y acelerar nuestra productividad, muchas de nuestras decisiones diarias todavía se rigen por el miedo. Queremos hacer más, pero al mismo tiempo evitar riesgos, por lo que continuamente producimos resultados similares una y otra vez. Tememos al cambio porque nos damos cuenta de que podemos perder cierto grado de control sobre el resultado. Tememos a expresar cómo realmente nos sentimos o tememos luchar por lo que más nos importa, porque evidenciar estos dos factores podría hacernos vulnerables.

Este miedo a lo desconocido dificulta el crecimiento, nos convence de quedarnos con lo que nos es familiar y seguro; incluso, limitamos el involucrarnos en ciertas actividades con la esperanza de evitar el miedo. Resistirnos a reconocer nuestro temor a lo que ignoramos o desconocemos y evitar hacer cualquier cosa que nos haga sentir que perdemos el control tiene un grave costo, ya que paraliza nuestros esfuerzos por crear mejores oportunidades para que nosotros y nuestras organizaciones crezcamos en todo su potencial.

Irónicamente, la mayoría de nuestros temores no se basan en la lógica y la realidad. Considera esto, la mayoría de nuestros miedos no son reales, aunque, por supuesto, la sensación de miedo es muy real y profunda, pero a menudo no reconocemos el miedo por lo que realmente es, una emoción más.

Nuestros miedos son tan reales como nuestros sueños, pero mientras demos más poder a lo que tememos, que a lo que aspiramos, el miedo parecerá más una realidad y nos absorberá, evitando sacar lo mejor de nosotros.

Tristemente, a menudo olvidamos que tanto nuestro miedo como nuestros sueños surgen de la misma fuente: nuestra imaginación. Cuando tomamos decisiones basadas en nuestros miedos, en lugar de nuestras metas y sueños, nublamos nuestro juicio, puesto que, en esencia, estamos tomando una decisión basada en una lógica defectuosa, incompleta y con una perspectiva distorsionada. La única realidad verdadera es lo que ocurre en el momento presente, el aquí y ahora. Sólo porque tocamos una estufa caliente y nos quemamos una vez, no significa que debemos temer a cocinar por el resto de nuestras vidas, al contrario, podemos ver la experiencia como una nueva y valiosa lección que podemos usar para abordar las circunstancias de manera diferente la próxima vez, siempre y cuando aceptemos ser dueños y responsabilizarnos de nuestros miedos.

Seamos los dueños de nuestros miedos.

Es fácil ignorar, negar o desestimar nuestros miedos en una sociedad que enfatiza la importancia de parecer fuerte, confiado y valiente. Mostrar miedo es percibido como sinónimo de debilidad, pero cuando le damos la vuelta a este pensamiento defectuoso para desafiar a nuestros miedos de frente, estamos dando el primer paso para tomar el control de la situación. Como nos recuerda la ex primera dama, Eleonor  Roosevelt: “Ganas fuerza, coraje y confianza con cada experiencia en la que realmente te detienes a mirar el miedo a la cara”

Canalizar nuestro miedo.


Una vez que somos dueños de nuestros miedos podemos pensar en qué es exactamente lo que queremos cambiar y luego establecer un camino para llegar allí. Muchas veces tenemos miedo de algo porque no hemos estado muy expuestos a ello; “miedo a lo desconocido” es una frase común para describir la aversión automática que la gente siente a algo que es diferente. Si tenemos miedo de algo porque es un misterio, debemos tratar de canalizar nuestro miedo en una dirección productiva, exponiéndonos a ello en pequeñas dosis hasta que obtengamos una mejor comprensión y nuestro miedo comience a disiparse. Como el ejemplo que puse al principio del artículo: el directivo tenía miedo a lo desconocido, pero poco a poco fuimos dándole forma y encontrando soluciones a esos misterios que estaba experimentando.

Prepárate para lidiar con el fracaso.


Enfrentar un miedo es duro y no siempre te lleva a tener una conclusión triunfal y una disipación inmediata de esta emoción. La mayoría de las veces vamos a tener que enfrentar ese miedo en varias ocasiones antes de que podamos declararlo como conquistado. Cuando nos enfrentamos a contratiempos puede ser muy tentador rendirse, pero es importante mantenerse decidido a ser perseverante, incluso cuando parece imposible superar nuestro miedo, es el precio necesario para progresar y seguir hacia delante.

Nunca confundas el miedo con el destino.


Si seguimos teniendo miedo al fracaso podríamos decidir, de inmediato, que el destino establece en sus cartas que para nosotros no es posible iniciar el negocio que siempre hemos querido o tomar acciones para enfrentar nuestros miedos, sólo porque así lo marca el vaticinio; la verdad es que tenemos el control de nuestro futuro, tenemos el poder de determinar el camino que deseemos tomar. Debemos resistir la tentación de esperar a que las cosas salgan bien por sí mismas y dejarlo exclusivamente en el destino. El paso más importante que daremos es el primero, éste, el que nos haga avanzar en la dirección de nuestros sueños, que nunca se te olvide.

Celebrar nuestras victorias.


Para lidiar con el miedo, es necesario cierta cantidad de impulso, fuerza y esfuerzo. Es recomendable, y estoy en total acuerdo, celebrar cada miedo que vamos superando, esto es muy importante, pues nos permite reafirmar y sentir que le estamos ganando al miedo. Estos triunfos nos preparan para seguir haciendo frente a los siguientes temores que tengamos enfrentar, para vencer con el coraje y la confianza renovados.

Cuando comenzamos a replantear y canalizar nuestro miedo como una oportunidad para ponernos en el camino que permitirá llevar nuestras vidas de una manera más consciente, excelente, exitosa y feliz, el miedo se convierte en una herramienta poderosa para ayudarnos a identificar problemas y resolverlos de manera efectiva. Lo que al principio era un obstáculo, se convierte en una guía, una bandera roja que nos advierte cuando algo necesita nuestra atención, recordándonos cómo enfrentar nuestros temores. 


El miedo no es más que un marcador de kilómetros necesario en el viaje de convertirnos en la mejor versión posible de nosotros mismos”.

Las personas en la comunidad empresarial pasan mucho tiempo y desgastan energía pensando en cómo pueden diferenciar su producto, preparándose para capitalizar los mercados y competir mejor contra rivales difíciles; sin embargo, y a pesar de todo el posicionamiento y la postura, poco es el tiempo que se dedican a pensar cómo deben enfrentar la amenaza más peligrosa: el “status quo. Es cierto que el cambio es un adversario difícil, pues la mayor parte del tiempo hay más defensores del status quo que defensores del cambio. Esto hace que el status quo sea particularmente difícil de superar, ya que los humanos somos criaturas de hábito, nos gusta la previsibilidad, nos gusta la certidumbre, nos gustan las rutinas. Si hemos hecho algo de cierta manera durante mucho tiempo, es difícil imaginar hacer algo diferente en el futuro, especialmente si lo que hemos hecho ha contribuido a nuestro éxito pasado.

Al permitir que nuestros miedos nos detengan al cambio e impidan explorar nuestras habilidades y el alcance de nuestras capacidades, ocurrirá una de las verdaderas tragedias: correr el riesgo de nunca darnos cuenta de lo extraordinario y poderoso que realmente eres en ti mismo.

Un entrenador de elefantes no somete a un elefante de una sola vez, no se puede. El elefante es demasiado grande, demasiado fuerte y tal vez incluso al principio demasiado terco. Sin embargo, el entrenador sabio en sus maneras, primero asegura al joven elefante con una poderosa cadena, enganchado a un poste robusto. A medida de que el elefante crece, el entrenador reemplaza la cadena con una atadura más débil, como una cuerda asegurada esta vez a una estaca. Cuando el elefante llega a la madurez, la cuerda es eventualmente reemplazada por otra cuerda asegurada a algo más endeble que la estaca. A pesar de que el elefante adulto ciertamente posee el poder de escapar, hace mucho tiempo que renunció y dejó de resistir; ahora está atrapado por una cadena imaginaria, forjada desde su limitado pensamiento y las viejas formas de ser que le impiden experimentar la vida que quisiera y merece.

El status quo sirve como la cadena en nuestras propias vidas, como una amarra que nos impide pensar y actuar por nosotros mismos, robando nuestra libertad de movimiento sólo porque se lo permitimos. La cuerda nos mantiene anclados firmemente en el presente y cuando nuestras circunstancias actuales son todo lo que nos importa ver, nuestro miedo al futuro y la fascinación por la familiaridad nos llevan a ignorar la fuerza de nuestras ideas y apagar nuestra imaginación sin siquiera pensarlo dos veces. Cuando esto se convierte en rutina, entonces lo ordinario se vuelve aceptable, la complacencia se vuelve cómoda y crecer hacia nuestro potencial se evita por completo.

Al estar escribiendo este artículo me vinieron a la mente una serie de miedos por los que he pasado en mi vida, tanto personal como profesional. Haciendo memoria y consciencia, esos miedos fueron creciendo porque sentía que yo solo tenía que resolverlos y me tardé en aprender que mis amistades, mi familia y mis compañeros de trabajo me podían ayudar, inclusive mis mentores eran de gran ayuda para temas de trabajo y no era necesario pasar por todo un calvario de sufrimiento y miedos que yo mismo generaba en mi cabeza.

Con frecuencia pienso en esta oración que leí hace algunos años: aceptar la simple verdad de que el viaje que llamamos vida se trata de aprender, crecer y empujar continuamente los límites de nuestro potencial.

Realmente deseo que esta lectura te sirva para identificar el miedo, esa emoción que nos hace daño y que sólo nos lleva a limitar nuestro crecimiento.

Cierro con una última frase:

Podemos lograr cualquier cosa en la vida si estamos dispuestos a rechazar la mediocridad y enfrentar nuestros miedos de frente








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